Azkarion hizo una señal apenas perceptible, un gesto seco de su mano, casi indiferente, y fue suficiente para desatar el infierno. Sus guardias se lanzaron contra los hombres sin vacilar, como sombras obedientes, ejecutando una sentencia que ya había sido dictada mucho antes de que yo entendiera lo ocurrido.
El sonido de los golpes resonó en el salón, sordo y brutal, mezclándose con el crujir de los cuerpos al caer y los gritos desesperados que se elevaron como un coro de culpa tardía.
Aquellos hombres que minutos antes se creían intocables, que se movían con arrogancia y sonrisas cargadas de desprecio, ahora temblaban como hojas arrancadas de un árbol en plena tormenta.
Algunos cayeron de rodillas frente a mí, con la dignidad hecha pedazos; otros lloraban sin pudor, suplicando misericordia con voces quebradas, prometiendo cambios, lealtades, cualquier cosa que pudiera salvarles la vida. Pero bastó con mirar a Azkarion para comprender la verdad: no habría piedad. No está vez. Quizá nun