—Es que… lo siento —susurré con la voz quebrada, temblando entre culpa y deseo—. No confié en ti… tienes razón, tuve miedo de que pensaras que solo soy un problema.
Azkarion me miró unos segundos, con esa mirada profunda que parecía leer cada rincón de mi alma, y luego, con un gesto lento, pero decidido, se desató el cinturón.
Lo sostuvo frente a mí, y al tensarlo, una parte de mi cuerpo sintió miedo, un miedo que me hizo estremecer y, al mismo tiempo, un cosquilleo extraño que recorría mi espal