La miré fijamente y sentí cómo la rabia me subía desde el estómago hasta la garganta, áspera, ardiente, casi corrosiva. Era una sensación vieja, conocida, esa que aparece cuando alguien se permite juzgarte sin saber absolutamente nada de ti. Esa mujer no sabía nada. Nada de mí. Nada de Azkarion.
Nada de lo que realmente ocurría entre nosotros cuando las puertas se cerraban y el mundo dejaba de existir. Y aun así, se erguía frente a mí con una superioridad falsa, con una sonrisa cargada de veneno, como si creyera tener derecho a escupirme su desprecio.
Después de todo, yo era la esposa de Azkarion D’Argent. No una amante ocasional. No un desliz vergonzoso. No una mujer que se colaba en su cama para luego desaparecer.
Su esposa. Esa palabra pesaba más de lo que imaginé. Ardía en mi lengua. Porque decirlo no era solo pronunciar un título; era exponer una verdad que había vivido demasiado tiempo en silencio.
Pero decirlo en voz alta… eso era distinto.
Porque si él no lo había proclamado an