La miré fijamente y sentí cómo la rabia me subía desde el estómago hasta la garganta, áspera, ardiente, casi corrosiva. Era una sensación vieja, conocida, esa que aparece cuando alguien se permite juzgarte sin saber absolutamente nada de ti. Esa mujer no sabía nada. Nada de mí. Nada de Azkarion.
Nada de lo que realmente ocurría entre nosotros cuando las puertas se cerraban y el mundo dejaba de existir. Y aun así, se erguía frente a mí con una superioridad falsa, con una sonrisa cargada de veneno