Me volví loca.
No hay otra forma honesta de decirlo.
Fue un instante mínimo, apenas un parpadeo, pero en ese segundo dejé de ser yo.
Dejé de pensar, dejé de sentir de manera consciente, dejé de existir como la mujer que intentaba razonar, comprender, perdonar. Algo oscuro, salvaje, primitivo, emergió desde lo más profundo de mi ser y tomó el control absoluto de mi cuerpo.
Bastó ver sus labios todavía demasiado cerca del rostro de Azkarion para que todo lo demás desapareciera.
No razoné. No medí