Me volví loca.
No hay otra forma honesta de decirlo.
Fue un instante mínimo, apenas un parpadeo, pero en ese segundo dejé de ser yo.
Dejé de pensar, dejé de sentir de manera consciente, dejé de existir como la mujer que intentaba razonar, comprender, perdonar. Algo oscuro, salvaje, primitivo, emergió desde lo más profundo de mi ser y tomó el control absoluto de mi cuerpo.
Bastó ver sus labios todavía demasiado cerca del rostro de Azkarion para que todo lo demás desapareciera.
No razoné. No medí consecuencias.
No escuché advertencias.
Reaccioné cómo reacciona alguien cuando le arrancan el corazón en vivo, cuando el dolor es tan brutal que el cuerpo solo sabe defenderse atacando.
Salté sobre ella.
No recuerdo haber tomado impulso, no recuerdo haber decidido moverme. Simplemente ocurrió.
La aparté de Azkarion con violencia, empujándola con toda la fuerza que tenía, como si mi cuerpo se moviera solo, guiado por la rabia, por un instinto antiguo que gritaba que aquello era una amenaza, que