POV Azkarion
Conduje como un condenado, como si el asfalto pudiera abrirse bajo las ruedas en cualquier momento y tragarnos a todos. No recuerdo haber sentido jamás el volante tan resbaladizo bajo mis manos ni el motor tan inútil frente al estruendo brutal que me reventaba el pecho.
Cada semáforo en rojo era una sentencia. Cada cruce, una amenaza. Cada segundo que avanzaba sin llegar me parecía una traición del mundo entero.
Solo existía una idea martillándome la cabeza, una orden primitiva, salvaje: llegar.
Llegar antes de que fuera demasiado tarde. Llegar antes de perderla.
Cuando el hospital apareció frente a mí, blanco, enorme, indiferente, no estacioné bien. Ni siquiera apagué el motor. Abrí la puerta de golpe y salí corriendo, gritando como un animal herido, pidiendo una camilla, exigiendo ayuda, olvidándome de quién era, de mi apellido, de mi orgullo. Perdí toda dignidad porque ya no me servía de nada.
Los paramédicos corrieron hacia Verena en cuanto la vieron.
Y entonces la vi