Subí a mi habitación casi sin sentir las piernas. Cada escalón era una tortura lenta, como si cargara piedras atadas a los huesos, como si el peso de todo lo que acababa de ver se me hubiera instalado en el cuerpo. El aire me faltaba. No era cansancio físico; era algo más profundo, más cruel. Era el dolor infiltrándose en cada respiración.
Al llegar arriba, cerré la puerta tras de mí con un movimiento torpe y apoyé la espalda en la madera. Me quedé ahí, inmóvil, tratando de recuperar el aliento,