Subí a mi habitación casi sin sentir las piernas. Cada escalón era una tortura lenta, como si cargara piedras atadas a los huesos, como si el peso de todo lo que acababa de ver se me hubiera instalado en el cuerpo. El aire me faltaba. No era cansancio físico; era algo más profundo, más cruel. Era el dolor infiltrándose en cada respiración.
Al llegar arriba, cerré la puerta tras de mí con un movimiento torpe y apoyé la espalda en la madera. Me quedé ahí, inmóvil, tratando de recuperar el aliento, como si alguien me hubiera arrancado los pulmones del pecho. El corazón me latía con violencia, desbocado, golpeando contra mis costillas como un animal atrapado.
Todo mi cuerpo temblaba.
Quise volver.
Quise bajar corriendo las escaleras, enfrentarla, arrancarla de su lado, gritarle que se apartara de lo que no le pertenecía. Quise mirarlo a los ojos y exigirle una explicación, una sola palabra, que calmara el infierno que ardía dentro de mí.
Pero entonces llegó la duda.
Una duda cruel.
Silenci