Estando frente a la imponente puerta de la cabaña, el aire se volvió tan denso que tragar saliva se sintió como tragar piedras.
El frío del bosque fue reemplazado por una presión estática que erizaba cada vello de mi cuerpo.
—Yo me encargo —sentenció Seth, dando un paso al frente con los hombros tensos y la mandíbula apretada.
Estaba listo para proteger al grupo de cualquier amenaza oculta tras la madera.
—¡No! —lo detuve, poniendo una mano sobre su brazo. Lo miré con determinación—. Yo soy