—Tienes que estar bromeando, Seth. Simplemente no me cabe en la cabeza que un hombre como tú nunca haya estado con una mujer, por mucho que la pequeña Lilia me lo haya mencionado —solté, tratando de disipar con palabras el nudo de nervios que me apretaba el estómago.
Seth me dedicó una sonrisa divertida, una que iluminó sus ojos amarillos con una chispa de travesura que rara vez dejaba ver.
—¿Por qué te resulta tan imposible de creer? —preguntó, ladeando la cabeza—. Esas conquistas constantes