La explosión de energía que emanaba de Morgana no era humana, salía como un rugido del vacío mismo. Una ráfaga de humo morado, denso y frío como la muerte, barrió ese lado del bosque, obligándome a clavar mis pies en la tierra y cubrirme el rostro con los brazos.
El viento soplaba con tal fuerza que sentía cómo la realidad misma se agrietaba. Cuando el humo se disipó ligeramente, vi el cambio en sus ojos, ya no eran violetas, sino de un rojo intenso, del color de la sangre recién derramada.
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