Una suave brisa peinó los pastizales de las praderas de Nuante, sacudió las hojas de los árboles, agitó las aguas del río, despeinó los cabellos de Lis y silbó por los pasillos del palacio. Era sólo viento, pero se oía como una risa.
Desz seguía sin oír y deseaba dejar de ver también. En la oscuridad tras sus párpados, el ojo de rojizo atardecer seguía brillando, usurpando al verde esmeralda de Lis.
Su amada Lis, tan firmemente anclada a su corazón, se había desvanecido como un suspiro cuando m