Había promesas que parecían imposibles de cumplir y el conocimiento de aquello era amargo y difícil de sobrellevar. La claridad de la mañana le dio la bienvenida a la joven bestia, llenando sus ojos. La desesperanza latía en su pecho, aferrando el frío metal que había intentado ponerle fin. La sentencia de Ariat se volvía ineludible, una condena inaguantable: seguía vivo cuando debía estar muerto.
—Lo lamento tanto, Jun. Todas mis promesas se convirtieron en mentiras y mi dulce amor en el dolor