En el umbral de los aposentos de Daara, Lis se detuvo, dolida y asustada. Deseaba comprobar con sus propios ojos lo dicho por Eriot, deseaba confirmar que ya no había escapatoria alguna para ella.
La joven princesa dormía en su lecho con la placidez con que se balanceaban las aguas bajo la luz de la luna. Tal vez soñaba el mejor de los sueños, pues no había muestras en su rostro de pesar alguno. Todo parecía estar bien con ella salvo por el hecho de que no había manera de despertarla. Y vaya que