Giselle sostuvo la copa de vino vacía entre sus dedos, frente a ella, Rebeca la mira con una mezcla de furia contenida y una lealtad inquebrantable.
—Marcel sigue siendo el mismo idiota de mierda de siempre —escupió Rebeca, golpeando suavemente la mesa del bar—. Nunca he entendido qué le viste, Giselle, ¿cómo tu abuelo te pudo casar con ese narcisista?
Giselle deja escapar un suspiro amargo, sintiendo el calor del alcohol subiendo por su cuello.
—Era una niña, Rebeca. Una niña que se dejó atra