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5. Alianzas y confeciones

Giselle se recostó en su asiento de cuero, cerrando los ojos por un instante. Sentía la vista cansada tras horas de revisar las nuevas cláusulas de exportación; dejó escapar un largo suspiro que resonó en el silencio de su oficina. La luz de la tarde valenciana comenzaba a teñirse de naranja, bañando el escritorio de una calidez melancólica.

—Te ves tan hermosa —la voz de Harry Brown, profunda y con ese marcado acento británico, llegó desde el marco de la puerta.

Giselle se sobresaltó en su puesto. Al abrir los ojos, lo vio parado a pocos pasos: su camisa estaba un poco desarreglada en el cuello y su cabello rubio lucía revuelto, como si hubiera pasado las manos por él repetidamente. Lejos de hacerlo ver descuidado, aquel aspecto lograba dejarla sin aliento. Sin poder evitarlo, su mirada lo recorrió de arriba abajo con un descaro que no sabía que poseía.

—No te escuché tocar —balbuceó ella, acomodándose en su asiento, sintiéndose repentinamente incómoda. Esperaba con todas sus fuerzas que el rubor no apareciera nuevamente en su rostro.

—No lo he hecho. Y gracias a Dios que no lo hice; me hubiese perdido de tan grandiosa vista —respondió él con un atrevimiento que la desarmó, dando unos pasos lentos hacia ella.

Giselle llevó sus manos a sus mejillas, sintiendo el calor irradiar de su piel. Desvió la mirada, cohibida por la intensidad de la atención del inglés. Ningún hombre la había hecho sentir así; antes de su transformación, se sentía invisible o, peor aún, un estorbo para los hombres. Aunque siempre había tenido una figura armoniosa —lejos de la delgadez extrema de las modelos de pasarela, pero con curvas firmes—, nunca se había sentido deseada.

—No digas tonterías —dijo ella, poniéndose de pie para buscar un poco de aire. De repente, su amplia oficina se sentía demasiado pequeña—. ¿A qué se debe su visita, señor Brown?

—Para ser honesto, extrañaba esos hermosos ojos grises —él se acercó lo suficiente para que ella pudiera oler su perfume amaderado. Con suavidad, Harry levantó el rostro de ella hacia él—. Acabo de enterarme por los pasillos de que eres la esposa de Marcel Roch... ¿Eso es cierto?

Giselle se puso tensa. Se sintió nerviosa, como si un secreto vergonzoso hubiera salido a la luz pública. 

Tragó saliva, buscando una manera de explicarlo sin sonar patética ni humillarse ante la situación en que la había dejado el testamento de su abuelo. Harry la observaba atento, paciente, dándole el espacio necesario para hablar.

—Es cierto —admitió ella, encogiéndose de hombros con una falsa indiferencia—. Aunque no es algo sencillo de explicar. Es... complicado.

—No me pareció un matrimonio convencional al verlos ayer en la reunión —comentó Harry, recordando la tensión eléctrica entre ambos y la forma tan gélida en que ella lo ignoraba—. Más bien parecía que no toleraban estar en la misma habitación.

Harry buscaba la forma de que ella se abriera. Quería que lo viera como un aliado, un amigo... o algo más profundo.

—No te equivocas —confesó ella, bajando la guardia. Se sorprendió a sí misma; nunca le había dicho esto a nadie fuera de su círculo íntimo—. Solo es un acuerdo. Un negocio, una fusión de empresas y nada más.

—Siempre hay una salida para los malos negocios, ¿lo sabes, verdad? —él ladeó la cabeza, intentando descifrar el dolor que cruzaba la mirada de Giselle.

—Créeme que la estoy buscando —dijo ella, apoyándose contra su escritorio mientras sentía el peso de todo el conflicto sobre sus hombros—. Pero no resulta sencillo. Mi abuelo se encargó de tejer una red de cláusulas casi infranqueables.

—Giselle, más que un socio, quiero que veas en mí a un amigo. Podría ayudarte si lo deseas —ofreció Harry con total seriedad—. Mi hermano maneja un bufete de abogados en Londres, el mejor de todo el país. Él podría encontrar la falla en ese contrato y sacarte de esta situación.

—Tengo al abogado de mi abuelo trabajando en ello —se apresuró a decir ella, no queriendo involucrarlo más de la cuenta ni sentirse en deuda—. Él estuvo presente en la elaboración de gran parte del contrato, no te preocupes.

—Si en algún momento te sientes estancada en toda esta situación, llámame —insistió él, lamentando sinceramente el calvario que ella vivía. Luego, sonrió para suavizar el ambiente—. ¿Me permites invitarte a cenar esta noche? Necesitas despejarte.

Giselle dudó un segundo, pero la idea de no cenar sola en esa mansión gélida junto a Marcel fue suficiente.

—Sí, acepto. No hay problema.

Tomó su bolso y salió de la oficina junto a Harry. No pasaron inadvertidos; Katiuska, la secretaria personal de Marcel, los siguió con la mirada desde su puesto, marcando de inmediato el número de su jefe para informarle que su esposa salía del edificio del brazo del socio inglés.

Al llegar al restaurante, un lugar elegante con una terraza abierta, Harry se detuvo en seco. Al otro lado del salón, Marcel estaba sentado con Antonia en una escena bastante íntima: él le acariciaba la mano mientras reían sobre unas copas de vino. Harry volteó hacia Giselle, notando que ella también los había visto. Sin embargo, ella ni siquiera parpadeó; su rostro permaneció impasible, como si estuviera viendo a dos desconocidos.

—Me gusta el área del jardín —dijo Giselle con voz firme, mirando a Harry—. ¿Te molesta si nos sentamos allá?

Deseaba estar lo más lejos posible de la energía tóxica de esa pareja.

—Para nada. Donde tú te sientas cómoda está bien para mí.

Colocando su mano en la parte baja de su espalda, en un gesto protector, Harry la dirigió hacia la zona del jardín donde la vista de la ciudad era hermosa. La sentó de espaldas a Marcel y Antonia, dándole a ella el privilegio de la vista del paisaje y reservándose él la visión de la pareja.

—¿Siempre sucede? —preguntó él con cautela, una vez que se sentaron.

—Desde nuestra noche de bodas —confesó ella, bajando la mirada por un segundo antes de volver a conectar con los ojos de Harry—. Ha sido así cada día de estos dos años.

Harry sintió una furia fría crecer en su interior. De haber sabido que Marcel Roch era ese tipo de hombre, se habría pensado dos veces antes de unir sus capitales con el conglomerado Roch. Miró a la mujer fuerte y hermosa que tenía enfrente y tomó una resolución silenciosa.

—Te ayudaré, Giselle.

No fue una sugerencia, ni una propuesta de negocios. Fue una promesa absoluta. Había tomado una decisión y, por lo que a él respectaba, Marcel Roch ya había perdido a su esposa y, muy pronto, también perdería su tranquilidad.

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