Elizabeth no dudó ni un momento en abandonar aquel frío sótano; ni siquiera se detuvo a mirar atrás. Apretó el bolso que contenía los documentos, atesorándolos. Después de lo que había visto, no podía permitirse el lujo de ser descubierta.
Marcell, que estaba sentado en la barra, la vio y se levantó al instante.
—¿A dónde vamos, señora Elizabeth? —preguntó.
—Tengo una cita con mi ginecólogo, voy sola. Gracias, Marcell.
—Jefa, el señor siempre me pide que la acompañe por seguridad.
—El señor sab