Elizabeth reaccionó de inmediato. Se giró hacia el tocador y tomó el pequeño cuchillo que usaba para defensa personal, apuntándolo sin titubear hacia Vicenzo. Él, con una media sonrisa dibujada en los labios, se acercó con una calma inquietante.
—¿Qué haces aquí, Vicenzo? —preguntó ella, nerviosa, mirándolo fijamente a los ojos. No entendía cómo había logrado entrar, sabiendo que tenía dos guardaespaldas apostados en la puerta.
—Ah, mi querida Elizabeth… Las cosas contigo se han complicado un p