Elizabeth salió un poco antes del trabajo. Necesitaba conseguir la “sorpresa” que se había inventado para despistar a Helena, algo improvisado pero convincente. Caminó sin rumbo claro hasta que una joyería llamó su atención. En el escaparate, unas mancuernas de oro brillaban con elegancia. Eran perfectas, sobrias, costosas y lo suficientemente llamativas para convencer a cualquiera. Aun así, sentía que no era suficiente.
Al salir de la tienda, se topó con una pequeña chocolatería que emanaba en