Las horas pasaron lentamente. Elizabeth permanecía sentada en la sala de espera de las salas de cirugía, sin inmutarse, ni siquiera para ir al baño, aguardando alguna noticia sobre el estado de salud de Xavier. Sin embargo, nadie decía absolutamente nada.
Dante, por su parte, seguía en la misma posición, recostado contra la pared y sin pronunciar palabra, compartiendo la misma inquietud que Elizabeth, aunque ninguno de los dos se atrevía a romper el silencio.
La madrugada ya había llegado y la