Elizabeth temblaba de miedo. Abrazaba con fuerza a sus pequeños hijos cuando recibió un mensaje de texto:
«El camino está libre. Pueden irse.»
Era Marcos.
Levantó la mirada con nerviosismo y, con suavidad, apartó a los niños.
—Niños, tengo que hablar con Dante —dijo, intentando sonar firme mientras se deshacía de sus brazos.
Emma la tomó del brazo, aferrándose a ella.
—Mami, tenemos mucho miedo. No te vayas, por favor.
—Hija, Dante está aquí cerca. Solo será un segundo, mi amor —respondió Eliza