La fiesta llegó a su fin, y entre Xavier y Vicenzo apenas intercambiaron unas pocas palabras, nada que alterara la tensa relación que mantenían.
Xavier entró a la habitación y aflojó su corbata. Elizabeth, sentada al borde de la cama, se quitaba los zapatos cuando él se acercó por detrás, rozando su nariz contra la suavidad de su cuello.
Elizabeth dejó escapar un jadeo y cerró los ojos.
—¿Estás cansada? —preguntó Xavier, mientras deslizaba las tiras del vestido por sus hombros. Ella asintió con