Xavier se acomodó en el asiento del copiloto, mientras Elizabeth se sentaba junto a sus hijos, quienes apenas la miraban, envueltos en el pánico y la confusión por sus gritos.
—Mami, ¿estás bien? —preguntó Emma, abrazando la muñeca que Xavier le había regalado.
—Sí, cariño, estoy bien, mis amores. No se preocupen. —Con la palma de su mano, secó sus lágrimas y, sufriendo en silencio, permaneció callada durante todo el trayecto.
Al llegar a la mansión de Xavier Montiel, Elizabeth recordó su a