Elizabeth limpió con delicadeza la herida en la frente del último hombre y esbozó una sonrisa tranquila.
—Listo, eso ya luce mucho mejor. Solo necesitas descansar un poco y en unos días no quedará ni rastro de la cicatriz.
Mientras guardaba los utensilios en el botiquín, los hombres de Xavier se pusieron de pie. La miraron con sincera gratitud.
—Muchas gracias, señora. No sabemos qué habríamos hecho sin usted... Somos bastante inútiles para estas cosas —dijo uno de ellos, inclinando la