Capítulo 19. Perseguida
La puerta del salón se abrió de golpe, como si hubiera entrado un rinoceronte. Todas nos quedamos paralizadas. Natalia dejó de respirar. Adriana se puso rígida. Yo… yo solo pensé: ¿Otra vez? ¿Más problemas?
El hombre que entró parecía sacado de una peli de acción de domingo por la tarde. Sudaba como si hubiera corrido una maratón en pleno agosto. Su camisa estaba medio desabrochada, y su pelo rubio hecho un desastre, y sus ojos buscaban algo o a alguien.
—¡Adriana! —gritó, con voz temblorosa—.