Tres semanas habían pasado desde la fiesta de compromiso de Isabella y Ricardo.
Y, sorprendentemente, la vida en el rancho había vuelto a encontrar cierta calma.
Raúl se había marchado apenas unos días después de aquella noche. Antes de irse se despidió de mí con uno de sus comentarios sarcásticos y una sonrisa ladina que honestamente ya comenzaba a resultarme familiar. Julián no parecía especialmente afectado por su partida, aunque sí lo noté más serio durante uno o dos días. Después simplemen