El camino de regreso al rancho fue un maldito infierno.
Raúl conducía demasiado rápido, pero aun así no lo suficiente para mí. Las luces de la carretera pasaban borrosas frente al parabrisas mientras yo mantenía ambas manos cerradas con fuerza sobre mis piernas, intentando controlar la necesidad enfermiza de arrancarle el volante y conducir yo mismo. El motor rugía cada vez que adelantábamos otro vehículo y el olor a cigarro mezclado con cuero llenaba toda la camioneta.
El celular seguía vibran