—Está es mi casa, aquí yo pongo las reglas ¿Entendido? ¡Responde!
El grito de Gael retumbó en la sala. Su ira era tanta que me sacudía por los hombros.
Mi cuerpo temblaba y no pronunciaba palabra lo que hacía que la situación se tensara más.
Él no se movió; permanecía allí, con la arrogancia de quien es dueño de las paredes que nos rodeaban y, posiblemente, de mi futuro.
—No soy sorda, señor Altamirano —respondí, forzando una calma que no sentía. —Entendí, usted manda. Soy una profesional que