—Con permiso, señor.
—No tienes que salir de la habitación cada vez que me ves.
Yo le esquivo la mirada, desde que Celeste regresó del hospital, mi estancia en la mansión sólo tiene dos propósitos:
Ayudar en las terapias de la niña y vigilar a su hija. Mientras que Gael llega de la empresa y se encierra en el despacho para ahogar sus problemas en el whisky caro, su misma hija conspira en su contra.
Él no tiene ni idea. Me mira con esos ojos cargados de una admiración que me quema la piel.
—Mira