Ya era muy de noche, Celeste se había dormido, pensaba irme al departamento y regresé porque llovía a cántaros.
El mayordomo me preparó la habitación de huéspedes, tenía sed y bajé a la cocina por un poco de agua.
Caminaba descalza para no despertar al servicio que ya se había retirado a descansar.
La sala estaba oscura y de vez en cuando los relámpagos entraban por los cristales de las ventanas.
Escuché el sonido de la cerradura principal, mis rodillas temblaron.
“Un ladrón”, fue lo primero q