—¡No me toque!, señor Altamirano —dije, tratando de que mi voz no temblara, aunque mi respiración estaba muy agitada. —Esto es inapropiado. Soy la niñera de su hija.
—Esa noche no eras la empleada de nadie—repuso él, inclinándose tanto que su pecho casi rozaba el encaje de mi bata—. Eras una mujer ardiendo de deseo, buscando a cualquiera que borrara el rastro de otro hombre.
—Usted no sabe nada de lo que yo buscaba —le dije. Usted se aprovechó de un momento de debilidad.
Él soltó una risa amarg