Arya.
La silla de ruedas estaba volcada a un lado de la cama y mi esposo tirado sobre la alfombra.
Se había caído. Tenía el cuerpo doblado de una forma extraña, con el rostro muy pálido y prendido en fiebre. Me arrojé al suelo de rodillas a su lado.
—¡Maximiliano! —le llamé, tocándole el rostro.
Tenía la frente empapada de sudor frío. Aunque lo llamaba permanecía con los ojos cerrados.
Su respiración era un silbido corto, rápido, como si le faltara el aire.
—Máx, mírame, por favor. Despierta