Gael.
El vestido ceñido de Arya, se amoldaba a las curvas de un cuerpo que yo recordaba más voluptuoso y que ahora lucía esbelto, peligroso y maduro.
Sus ojos, felinos y oscuros, destellaron con una mezcla de furia y un miedo que intentaba sepultar bajo su frialdad.
—¡Suéltame, Gael! —ordenó. Su voz no tembló, pero el pulso acelerado en su cuello delató la mentira—. Ya terminamos de hablar. No tengo nada más que decirte. Me voy.
—No. —Respondí apretando más su cuerpo tembloroso contra el mío.