Arya.
Tenía las manos tan frías que apenas podía sentirlas. No importaba que el viento frío de New York me despeinara, ni que la prensa me captara con el maquillaje corrido.
Hace apenas una hora, yo era la mujer más poderosa de la ciudad. Ahora, sentía que caminaba hacia mi propio sepelio.
A mi lado, Maximiliano caminaba con la cabeza baja, con la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello se marcaban.
Su esmoquin, antes impecable, lucía desarreglado tras el altercado en el estacio