Arya.
Aunque la convivencia en la mansión no era de lo mejor, yo procuraba no perder la paciencia.
Mi suegra al ver que le habían congelado los fondos, me odiaba más que antes.
Yo tenía otra visión de la vida, el sutil movimiento de Gael me había devuelto la esperanza.
No le dije nada a Maximiliano, ni mucho menos a su madre.
El infierno doméstico no daba tregua, y esa noche, el veneno de las dos hienas se desbordó por completo en el comedor.
Mi esposo hizo avanzar su silla de ruedas para blo