Sonreí .Fue una sonrisa fría, afilada como un filo, la clase de sonrisa que no se ofrece por cortesía sino por cálculo. La verdad —esa pieza que hasta hacía un momento había estado oculta entre papeles y fotos— encajó en su lugar y, con ella, se me ocurrió una idea magnífica, perfecta en su crueldad y su eficacia.
Sentí, por debajo de esa satisfacción, un picor que no supe nombrar: celos. No tenía sentido; ella no era mía y, sin embargo, una imagen —la de Reiner sosteniéndola, reclamándola, la