Cuando la puerta se abrió y Liam apareció, sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones. Su mirada era una mezcla peligrosa de sorpresa, rabia y algo más… algo que no me atreví a nombrar. Hermant soltó lentamente mi mano y se levantó de inmediato, con la serenidad de quien sabe manejar los silencios.
—No era nada, señor Azacel —dijo con voz firme, pero cortés—. Cecilia y yo ya habíamos terminado de hablar.
Hizo una pausa y sonrió apenas, con una calma que contrastaba con la tensión que flotaba e