Me encontraba en la entrada de la prisión con un pequeño bulto de ropa en mis manos. No podía creer que, después de tres meses, volvía a ver la luz del sol.
Di unos pasos fuera y, a lo lejos, vi decenas de autos estacionados a un lado de la carretera. Supe de inmediato de quién se trataba. Apreté los puños mientras sentía cómo mis dientes rechinaban de ira.
El mayordomo salió de uno de los autos y se acercó a mí.
—Señora, es un placer volver a verla. El señor Líbano la espera en el auto. Per