Tres meses después...
Mi cuerpo yacía recostado en una cama vieja dentro de una sucia celda. Mis lágrimas, desde hace mucho, se habían secado. Mi dolor y tormento se habían convertido en un grito silencioso.
En mi mirada, el brillo se extinguió hace tiempo; solo era un muerto viviente. Vivía el día a día entre los barrotes de esta prisión como un alma vacía, sin sentimientos, sin emociones, sin felicidad. Me había perdido por completo entre las frías paredes de esta cárcel.
El frío me calaba