—¡Alexander, por favor, tienes que creerme! ¡No lo hice! —le ruego hasta más no poder.
—¿Por qué le creería a una mujer vulgar como tú, Aslin? —me dice con desprecio.
De inmediato me toma por el brazo y me arrastra fuera de la habitación, lanzándome al piso sin ninguna piedad, a la vista de todos.
—¡Guardias, sosténganla fuerte y no la dejen ir! —ordena con firmeza.
Ellos vienen hacia mí y me capturan sin titubear.
—¡No, Alexander! ¿Qué haces? ¡Por favor, haz que me suelten! ¡Soy inocente!