La noche había caído sobre la mansión Vellardi como un velo denso, cubriendo cada pared con un silencio opresor. Afuera, el viento golpeaba los cristales, susurrando historias que solo los solitarios podían oír. En el cuarto de Isabella, la lámpara de noche seguía encendida. Intentaba dormir, pero el sueño no llegaba. Leía un libro, esperando que el cansancio la venciera.
Y entonces vino el grito.
Desgarrador. Doloroso. Un sonido que no parecía de un hombre, sino de un alma hecha pedazos. Isabe