La advertencia de El Sastre había caído sobre la mansión como una helada temprana, matando la frágil primavera de paz que Aurora había comenzado a cultivar.
El pañuelo de seda, con sus ominosas iniciales A. M. había sido guardado por Lorenzo, pero su presencia permanecía en el aire. Era un fantasma que se sentaba a la mesa con ellos, que vigilaba desde los pasillos oscuros.
A la mañana siguiente, Aurora volvió a despertar en una cama vacía. Sabía que, esa vez, Lorenzo no estaría en la mansión.