El despacho de Matteo estaba sumido en un silencio tenso. Dario acababa de salir, dejando sobre el escritorio de caoba los planos del muelle en territorio de Ezio y una sensación de pesimismo en el aire.
Matteo se dejó caer en su silla de cuero, pasándose las manos por la cara con frustración. Llevaba horas trazando estrategias, buscando la forma de interceptar el cargamento de Ezio sin desatar una masacre en plena ciudad.
Su camisa blanca estaba desabotonada en el cuello y las mangas arremang