El despertar no fue brusco esa vez.
Fue un ascenso lento y suave desde la oscuridad hacia una luz tenue.
Lena parpadeó, reconociendo el techo alto del dormitorio principal del ático. El silencio era absoluto. Intentó moverse y una punzada aguda en el brazo derecho la detuvo, arrancándole un gemido bajo. Miró hacia abajo. Un vendaje inmaculado cubría su bíceps y parte de su hombro.
—Estás despierta —. La voz llegó desde los pies de la cama. Grave, rasposa, como si no hubiera sido usada en horas