La seda fría del vestido se deslizó por las piernas de Elisabetta, pero no lograba disipar el calor de la timidez que aún le quemaba las mejillas al recordar la noche anterior.
Se miró al espejo, ajustando los tirantes con dedos temblorosos. Había pasado el día entero evitando a Nicolo, y él, a su vez, había desaparecido antes de que ella despertara.
La mansión era enorme, pero el silencio entre ellos la hacía sentir claustrofóbica.
Escuchó la puerta abrirse, pero no se giró.
Vio a travé