Marcus llevaba horas revisando el reporte de finanzas, pero la pantalla se sentía distante, irrelevante. Todo su enfoque estaba dividido entre dos pensamientos constantes que chocaban como placas tectónicas dentro de su mente:
Laila.
Y Clara.
Desde hacía días, la presión emocional se le acumulaba en la nuca, como un puño invisible que se cerraba lentamente. Sabía que Clara estaba cruzando límites. Sabía que la situación ya no era “incómoda” o “delicada”, sino peligrosa. Pero el miedo más profun