El día amaneció distinto.
Marcus lo sintió desde que abrió los ojos y vio a Laila dormir sobre su brazo, la respiración leve, las pestañas húmedas todavía por las náuseas de la madrugada. Había algo sagrado en esa calma: el silencio antes de una noticia que podía cambiarlo todo.
Melissa ya estaba despierta cuando salieron del cuarto. Estaba en la sala, peinando a su muñeca con una concentración casi maternal.
—¿Hoy vemos al bebé? —preguntó, con ese brillo de emoción que solo los niños conserv