Cuando Marcus finalmente aflojó el abrazo y sus manos dejaron de temblar, Laila sintió que el alma entera se le derrumbaba sobre el pecho. Lo miró, se miraron, y por un segundo, el mundo había dejado de girar. Pero entonces, detrás de ellos, los gemelos volvieron a llorar, reclamando atención como si supieran que acababan de recuperar algo que les pertenecía. Laila volteó hacia el cochecito, y el llanto se volvió un puñal dulce, un sonido que la obligó a ponerse de pie aunque las piernas se le aflojaran.
Marcus siguió su mirada. Sus ojos se abrieron, suaves y brillantes, como si acabara de recordar algo precioso. Aun así, un extraño tipo de miedo lo cruzó: ¿cómo reaccionaría Laila? ¿Los reconocería? ¿El trauma del accidente la habría cambiado? ¿Los tocaría con la misma ternura que él recordaba?
Pero todo ese miedo se disolvió cuando Laila dio un paso hacia los bebés. Uno. Otro. Como si una fuerza más fuerte que el dolor la arrastrara.
Marcus observó algo que jamás olvidaría: la forma