Cuando Marcus finalmente aflojó el abrazo y sus manos dejaron de temblar, Laila sintió que el alma entera se le derrumbaba sobre el pecho. Lo miró, se miraron, y por un segundo, el mundo había dejado de girar. Pero entonces, detrás de ellos, los gemelos volvieron a llorar, reclamando atención como si supieran que acababan de recuperar algo que les pertenecía. Laila volteó hacia el cochecito, y el llanto se volvió un puñal dulce, un sonido que la obligó a ponerse de pie aunque las piernas se le