Al abrir la puerta principal, el sonido que recibió a la Luna de la manada del Hierro no fue el de discusiones políticas ni órdenes firmes.
Fue risa. Risas de pequeños.
Risa infantil.
Entró en el salón principal y se detuvo unos segundos en silencio, observando la escena.
En el gran sofá de cuero oscuro, uno de los gemelos dormía profundamente. Nyra estaba acurrucada contra los cojines, el cabello desordenado sobre la frente, abrazando una pequeña figura de madera tallada. Su respiración era le