La sirena de la ambulancia cortó la noche como un aullido metálico.
El sonido se expandió por el bosque y rebotó en los troncos oscuros, apagando por un instante la discusión que había encendido el claro. Los miembros del consejo se apartaron con tensión contenida mientras el vehículo se detenía levantando polvo y hojas secas.
La loba permanecía rígida, con los puños cerrados a los costados del cuerpo. Sus ojos brillaban demasiado. No quería mirar. No quería saber.
Pero necesitaba saber, y su h