El cuerpo de Kael Vyron pesaba más de lo que su hermano había esperado.
No por el tamaño —eran iguales—, sino por lo que representaba. El alfa de la Manada de Hierro yacía inconsciente, respirando con dificultad, la piel pálida, el pulso irregular por efecto del veneno. El gemelo lo sostuvo con fuerza, ocultándolo entre sombras, moviéndose con precisión quirúrgica por las calles humanas.
Nadie miró dos veces.
Eso era lo mejor del mundo humano: su ceguera.
Lo cargó hasta un vehículo estacionado a