La ciudad humana no dormía nunca. No importaba... No iban a hacer amigos, encontrarían al humano que mandó atacar la manada de hierro; eso no podía quedarse así.
Kael Vyron caminaba por la vereda con el cuerpo tenso, los sentidos abiertos al máximo, aunque sabía que en ese lugar su instinto no tenía la misma ventaja que en territorio de manada. El ruido era constante: motores, voces, pasos apresurados. Demasiada distracción. Demasiados escondites.
—No está —dijo Kael, deteniéndose frente a un e